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jueves, 16 de junio de 2011

Infiltrados



Infiltrados

Carlos Carnicero
El día de Valladolid, 17 de junio de 2011


Había infiltrados; eso es indiscutible. Me refiero a los graves incidentes delante del Parlament de Catalunya. Hay demasiadas evidencias y varios vídeos que son incuestionables. Pero por si faltaba algo, el polémico conseller de Interior lo ha ratificado hablando de «grupos que practican la guerrilla urbana dentro del 15-M». Tal vez pudiera dar un pasito más el encargado de Interior en la Generalitat e identificarlos, detenerlos y ponerlos a disposición judicial, porque lo que ha dicho parece una tomadura de pelo.

Hay un interés generalizado en desprestigiar las manifestaciones. Vaya por delante que cualquier forma de violencia es absolutamente reprobable, pero por eso adquiere urgencia una identificación de los provocadores.

Hay algunos indicios que señalan a algunos miembros de los Mossos d’Esquadra de paisano como agentes provocadores infiltrados. Si esto se confirmara, sería inevitable la dimisión del conseller de Interior Felipe Puig y muchas explicaciones del president Artur Mas y su aparatosa llegada en helicóptero.

Los antecedentes de la policía autonómica catalana no son precisamente alentadores. La brutal carga policial de la Plaza de Catalunya sin ninguna provocación previa y las posteriores explicaciones del conseller son un antecedente que no se puede ignorar.

Acabar con el movimiento de los «indignados» no es fácil; desprestigiarlo tiene demasiados adeptos y demasiados beneficiarios. Si la Generalitat no tiene interés en conocer a los infiltrados, la sociedad tiene que hacerlo a través de todos los medios legítimos. Y luego, la Justicia tendrá que actuar en consecuencia.

viernes, 3 de junio de 2011

Los violadores de la Historia



Caprichos caros

Juanjo Millás
El País, 3 de junio de 2011

Encargar la biografía de Franco a Luis Suárez es como pedirle a un funcionario alemán la de la E. coli. Las biografías, como las necrológicas, se escriben para hablar bien de uno mismo, ya sea por identificación o desidentificación de la bacteria o personaje biografiados. Por cierto, que Luis Suárez no denomina dictador al generalísimo porque dice que este jamás se refirió a sí mismo con ese término, que es como no llamar bacteria a la bacteria porque ella no se reconoce en esa palabra. Si Franco, en vez de general, hubiera sido una bacteria (en alguna medida lo fue, y enormemente virulenta, pues también tenía algo de virus) habría ordenado que le llamaran bacterísima, o bacteriasísima, no sé, se trata de un superlativo complicadísimo. Es más fácil el de virus: virusísimo. Su excelencia el virusísimo generalísimo Francisco Franco Bahamonde.

El caso es que el célebre Diccionario Biográfico Español ha llegado al mercado con más microbios que una hamburguesa fecal. Si están ustedes vacunados, no dejen de echar un vistazo a las biografías de Azaña, Escrivá de Balaguer, Alfonso Armada o Álvarez Cascos. Y solo citamos hombres porque apenas contiene biografías de mujeres. Calificaríamos la obra de misógina y de extrema derecha si no tuviéramos miedo a que el riguroso historiador Luis Suárez, utilizando una vez más el método científico, nos censurara por aplicar estos calificativos en los que ella no se reconoce. Menos mal que tiene 25 tomos y que cuesta 3.000 euros, precio y tamaño que evitarán la infección en quienes carecen de espacio y dinero para llevársela a casa.

En todo caso, la ventaja de que haya tan pocas mujeres es que nos evitar leer sobre ellas las tonterías que se han escrito sobre algunos hombres. El capricho de la Real Academia de la Historia ha costado al contribuyente seis millones de euros.

sábado, 21 de mayo de 2011

La Junta Electoral teme la libertad




Silencio mudo

Manuel Rivas
El País, 21 de mayo de 2011


Por qué la Junta Electoral ha entendido de este asunto? No se interfiere en la votación. No hay pronunciamientos partidarios. Todo parece dictado para empeorar las cosas. Sol y otras plazas son justamente lugares de reflexión crítica. Todo demócrata debería estar orgulloso de esta pacífica insurgencia, que pide más democracia. Durante años se ha ido construyendo una imagen caricaturesca y despectiva de la juventud española. Una panda estupefaciente, empotrada en el hogar paterno, enganchada a la play station, empachada de comida basura, y sumida en la vulgaridad iletrada. Por otro lado, la realidad de una generación perdida como destino inevitable, en un mundo dominado por el gangsterismo de mercado, qué le vamos a hacer, y donde toda alternativa ha sido borrada del futuro. El sistema no se asocia con el hábitat democrático sino con su usurpación, con una deriva inhóspita, donde el hombre vuelve a ser un lobo para hombre. La marea de mierda que nos invade tiene su descarado origen en una gran estafa internacional, acatada por los gobernantes. Esa estafa ha puesto contra las cuerdas el mercado honesto y las políticas decentes. España, como otros países, es la víctima y no la causa. Hay responsabilidades de Gobierno, pero tal vez no las que le atribuyen. Facilitar el despido, en una medida que los conservadores consideran pacata, ha sido un desastre. Ha arrinconado más a las familias y al consumo de bienes necesarios. Pero, ¿qué alternativa se ha ofrecido? Rajoy, no sus lugartenientes, hizo una campaña inteligente hasta que sucumbió en el infame fotoshop del coso taurino donde se prestó como padrino a la transmigración de almas. Acabó luciéndose: "Nos gustan los chiringuitos". ¡La democracia chiringuito! Entre la incompetencia y la desvergüenza, ¿cómo no desviar la mirada hacia Sol? Levantar la mano contra Sol es suspender las conciencias. ¿Quién teme a la libertad?

sábado, 2 de abril de 2011

Madrid, Bengasi



Madrid, Bengasi
Almudena Grandes
El País, 28 de marzo de 2011

El coronel Gadafi fue el primero en compararse con el Generalísimo. Pero hasta si no hubiera declarado que está dispuesto a entrar en Bengasi como Franco entró en Madrid, tal vez el líder laborista británico Ed Miliband se hubiera acordado de la guerra de España. La semana pasada recordó la dramática odisea de los republicanos que viajaron durante tres años a Londres, a París, a Ginebra, en busca de una ayuda que nunca recibieron. Después, durante 75 años, los demócratas españoles sintieron la no intervención de las potencias democráticas como la herida más dolorosa. Hoy, los historiadores consideran, además, que aquella aparente omisión fue la clave decisiva de la victoria franquista.

En la España de 1936 no había petróleo, pero en la de 1939 sobraba el wolframio, un mineral estratégico muy escaso y muy valioso, porque era imprescindible para la industria armamentista de la época. Esos yacimientos no bastaron para que, mientras duró su paz, Londres apoyara al Gobierno legítimo de Madrid. Sin embargo, cuando estalló su guerra y el wolframio de Franco se convirtió en un monopolio alemán, Churchill no vaciló en tender al Caudillo una mano secreta, con la tácita garantía de otra no intervención, a cambio de una parte del pastel. Aquella indignidad no hizo menos justa, ni menos noble, la causa de la República española. Las intervenciones militares son una lotería trágica, porque se sabe cómo empiezan, nunca cómo van a terminar. Pero, como los republicanos del 36, los rebeldes libios recorrieron medio mundo para suplicar ayuda antes de recibir el respaldo de Naciones Unidas.

Que no hayan sido los únicos, no envilece su causa. La intervención puede acabar muy mal, pero, ahora mismo, desampararles sería tender una mano secreta al resto de los dictadores del mundo árabe. Y ni siquiera eso sería tan grave como dejarlos solos.

sábado, 5 de febrero de 2011

Tan lejos de El Cairo



Tan lejos de El Cairo

Yoani Sánchez
El País, 5 de febrero de 2010

La escena duró apenas unos segundos en pantalla, un destello breve que nos cinceló en la retina la imagen de miles de personas protestando en las calles de El Cairo. La situación era descrita por la engolada voz de un locutor cubano, quien sostenía que la crisis del capitalismo había hecho estallar la inconformidad en Egipto y que las diferencias sociales hundían al Gobierno.

Apenas mencionó que un ciclo de casi 30 años se estaba desmoronando en solo una semana, justo allá, en un país donde la historia se mide con números de cuatro cifras, se acuña en trozos del tamaño de milenios. La alusión entre nosotros a la prolongada estancia en el poder de Hosni Mubarak fue -como advierte el refranero popular- mencionar "la soga en casa del ahorcado", insinuar que en nuestro propio patio un autoritarismo de cinco décadas también ha excedido su fecha de caducidad. Tal vez para evitarnos esa comparación, los medios estatales se mostraron cautelosos con las noticias que llegaban desde el norte de África. Nos administran a cucharadas la narración de los sucesos, sin hacer hincapié en todos los motivos que empujan a un pueblo a poner límite al mandato personalista de un octogenario.

A pesar del sigilo periodístico, otros fragmentos de lo ocurrido llegaron hasta nosotros a través de las redes alternativas de información, de las perseguidas antenas parabólicas y la escurridiza Internet.

La prudencia oficial no pudo evitar que nos sobrecogiéramos con la vista aérea de la plaza de Tahrir que vibraba al ritmo de la espontaneidad, cuando por estos lares hace muchos años que esa franqueza no se percibe en la sobria y gris plaza de la Revolución. Era inevitable que, al observar la muchedumbre manifestándose con pancartas, termináramos haciéndonos la pregunta que aquel locutor de corbata a rayas quería alejar de nuestras mentes. ¿Por qué en Cuba no ocurre algo así? Si nuestro Gobierno es de más vieja data y el colapso económico se ha convertido en elemento inseparable de nuestros días, ¿qué evita que emprendamos el camino de la protesta cívica, de la presión pacífica en las calles?

Egipto ha venido a sacudirnos en nuestra mansedumbre y el arrojo de otros nos ha enfrentado con nuestra apatía, en esta nación donde el tiempo se mide en efemérides "revolucionarias", se acuña en los folios amarillos de la burocracia.

La teoría de pueblos valientes y pueblos cobardes es, en el menor de los casos, simplista. No hay una genética de la rebeldía como tampoco se puede predecir en qué momento la inconformidad alcanza su punto de ebullición. Esta isla larga y estrecha ha nutrido desde 1959 las especulaciones, las barajas de copa y espada, los tableros de Ifá y hasta los cuartetos rimados, de analistas, cartománticos, babalaos y profetas. Ante estos augurios de un futuro que no acaba de llegar, millones de cubanos han resumido su actitud cívica en un vocablo moroso: esperar.

Acarician el espejismo de la solución rápida, de acostarse un día en un Estado sin derechos y levantarse al otro en una Cuba democrática. Cuando el tiempo de aguardar se prolonga más allá de lo previsto, muchos deciden conjugar el verbo emigrar u optan por las breves y lacónicas sílabas de "callar".

Pero lanzarse a las plazas no, pues ese asfalto retinto de las avenidas pertenece -y así nos dicen desde pequeños- a los revolucionarios, a Fidel Castro y al Partido Comunista. Nos han hecho creer que protestar en público contra los despidos masivos, el alto coste de la vida o para exigir la renuncia de un Gabinete son gestas que emprenden otros, acciones que solo son posibles fuera de nuestras fronteras nacionales.

Nos han quitado las calles, nuestras calles.

En aras de impedir que una multitud tome las aceras y grite al unísono ¡qué se vaya el presidente, qué se vaya!, activan los mecanismos ocultos del control, los resortes del miedo. El engranaje de la vigilancia que no conoce de crisis económica ni de recortes se cierne constantemente sobre nosotros.

Ahora mismo está en vilo, ajustando sus agentes, sus autos, sus leyes, para evitar el contagio que puede venir desde el Este. Pues aunque El Cairo queda muy lejos, hay demasiadas analogías entre los cubanos y esos rostros que vimos reunidos en la marcha de un millón. Ellos gritaban contra Mubarak, pero del lado de acá de la pantalla muchos sentimos que nos emplazaban a nosotros, que nos hacían sentir avergonzados de nuestra inercia.


lunes, 31 de enero de 2011

Vergüenza europea



Vergüenza europea

Editorial
El País, 31 de enero de 2011


Toda política exterior se articula en torno a una combinación de valores e intereses. Sin estos, deviene retórica ingenua; sin aquellos, deja de ser política para convertirse en mero oportunismo. La actuación de la Unión Europea en los últimos meses ante vulneraciones sistemáticas de los derechos humanos en el Mediterráneo sur o en el Cáucaso indica que ha perdido toda querencia sobre los valores que pretende encarnar. Y cualquier noción sensata de cuáles sean sus intereses.

Como en caso de polémica hay que acudir a los textos fundamentales, conviene recordar que el Tratado de Lisboa dispone (artículo 21) que "la acción de la Unión en la escena internacional se basará en los principios que han inspirado su creación", como "la universalidad e indivisibilidad de los derechos humanos". Y la Estrategia Europea de Seguridad, de 2003, doctrina ejecutiva para la política exterior, establece sus intereses. Entre otros, el de que "a Europa le conviene que los países limítrofes estén bien gobernados".

En lugar de cumplir esos mandatos, la UE ha permanecido muda ante los dilatados abusos de las autocracias norteafricanas. Temerosa de una posible irrupción islamista en los mecanismos de poder, ha dejado pudrir situaciones que constituyen precisamente el caldo de cultivo de la misma. El consenso no escrito de que las viejas metrópolis colonialistas debían gozar de primacía en sus zonas de influencia, ha venido concediendo a Francia especial preponderancia. Tan vergonzosa ha resultado que, en plena revolución del jazmín, París todavía ofrecía al dictador tunecino ayuda para contener "la situación de orden público".

Con igual descaro, aunque mayor sordina, Italia y España se han lavado las manos, en presunto beneficio de la cooperación antiinmigratoria y las buenas relaciones. La alta representante de política exterior, lady Ashton, ha repetido un discreto mutis salpicado de alguna declaración inane, sea sobre las revueltas populares de Túnez y Egipto o a propósito de la sonrojante visita reciente del dictador uzbeko a Bruselas.

Compárese tal actitud con la de Estados Unidos (y algún gobierno suelto de la Unión), que ha incitado a los ejércitos de los países en crisis a respetar a los civiles y presiona a sus autoridades en favor de reformas significativas. Si EE UU ha recuperado su carácter de potencia liberal, la UE va camino de perderlo.